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Las relaciones y nuestros demonios

"El otro no es sino un reflejo-espejo de lo que yo mismo creo que soy"

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Es imposible encontrar paz en una relación cuando la uso aún para mi más “sagrado” propósito, y es asimismo imposible no sentir culpa en una persona a quien yo la juzgo, porque todas las relaciones son una relación conmigo mismo. Por lo tanto sólo puedo encontrar la paz cuando tengo absoluta fe en lo que esas personas pueden hacer, por sí mismas y para ellas mismas, y ser sólo un testigo que contempla ese milagro. Más no puedo tener paz si sigo eligiendo la culpa, o sea, usarlas o juzgarlas, o queriendo que alguien sea lo que no es porque yo así lo deseo. Por consiguiente, la fe en mí mismo, se apoya en estos pilares.

La única razón por la que pierdo la fe en mí mismo es porque no tengo fe en ellas, esas personas que conforman mi constructo relacional: ¿cómo podría ser de otra manera? Si yo las limito con mis deseos, usos y juicios, ¿cómo es que yo podría sentirme ilimitado?… No veo el amor que reside en ellas: ¿cómo es que yo podría advertir el amor que reside en mí?

Además, si intento satisfacer mis necesidades a través de ellas, entonces creeré que el poder proviene de afuera y no de mí, y lo que yo gano el otro lo pierde, o lo que el otro gana, yo lo pierdo; y en esa lucha frenética es donde pierdo la paz. ‘En el mundo de la escasez, el amor no significa nada y la paz es imposible. Pues en él se acepta tanto la idea de ganar como la de perder, y, por lo tanto, nadie es consciente de que en su interior reside el amor perfecto’, dice Un Curso de Milagros.

Una vez llevé un proyecto a un persona muy querida por mí y previo a mostrarle mi obra le pedí que firmara un acuerdo de confidencialidad. Ella me dijo: «si yo no puedo mostrar tu creación por una cuestión de confidencialidad, ¿cómo será posible que yo pueda expandir tu idea?» Y ahora me pregunto: ¿cómo será posible extender la idea del amor en otras personas si yo creo que esa personas por “H” o por “B” no lo merecen?… Hay una contradicción y tengo que tomar una posición. O todos somos amor, o nadie lo es. Hay un orden que nos rige. ¿Le llamo Dios? ¿Universo? ¿Energía? ¿Amor? ¿Paz?… da lo mismo… siempre es la misma Idea. A todos nos atraviesa.

Y si a todos nos atraviesa la misma Idea, entonces somos uno y lo mismo. De ello se deduce que la idea que tengo del otro es la misma idea que tengo de mí. El otro no es sino un reflejo-espejo de lo que yo mismo creo que soy: o un santo o un demonio…

 

Fernando Osta